Voy a empezar esta nueva etapa del blog (es 18 de junio de 2026) como pienso seguirlo: con una confesión y un número feo encima de la mesa.
Tengo una web de pañales. Se llama pañalesenoferta.es, lleva casi dos años ahí plantada en una esquina de internet y funciona prácticamente sola. ¿Cuánto he ganado el último mes (mayo de 2026)? 11 €. ¿Que cuánto me cuestan los servidores donde se aloja y otros servicios? Aproximadamente 100 €. Haz tú la resta 😅. Así que no, todavía no es un negocio rentable: ahora mismo, cada mes que pasa, pierdo dinero con ella.
Y, aun así, llevo casi dos años sin hacer prácticamente nada por cambiarlo.
Te lo suelto a pelo y desde la primera línea porque este blog va justo de eso: de enseñar las cosas tal cual son, con los números delante y sin maquillar ni una coma. Y la primera verdad incómoda es esta: tenía algo entre manos y lo dejé criando polvo mientras perseguía tres o cuatro ideas que me parecían mucho más brillantes.
Este es el primer artículo de un diario en público. Pero antes de contarte a dónde quiero ir, te debo el cómo he llegado hasta aquí. Así que ponte cómod@, que la historia tiene su miga.
La web nació de un problema mío
En 2008 empecé a programar profesionalmente. Llevo casi veinte años escribiendo código para otros. Pero esta web no nació de una estrategia ni de un estudio de mercado: surgió de un pañal.
Cuando nació mi primera hija me pasó lo que le pasa a cualquier padre primerizo con los pañales: que se gastan a un ritmo absurdo. Y, por otro lado, me di cuenta de que el precio del paquete de Dodot en Amazon sube y baja sin lógica aparente —Sí, he probado varias marcas y a nosotros la que más nos gusta es Dodot—. Así que hice lo que sé hacer. Me monté un bot que vigilaba el precio y me avisaba cuando bajaba para comprar en el momento bueno.
Era código normal y corriente. Un scraper, una alerta, nada que no hubiera hecho cien veces en mi trabajo. Pero resolvía un problema real —el mío— y de ahí salió la idea de convertirlo en una web para más gente. Así nació pañalesenoferta.es.
Y luego no hice nada
Aquí viene la parte que cuesta admitir.
Monté el bot, hice una versión web cutre, la dejé funcionando y me fui. Empezó a entrar algo de tráfico, empezó a entrar algún euro, y en lugar de regar lo que ya estaba creciendo, me dediqué a otra cosa. Y a otra. Y a otra.
Porque ese es el vicio del que programa: construir es comodísimo y vender da pereza. Montar un scraper nuevo, migrar el stack, automatizar un flujo, integrar lo último que ha salido… todo eso parece trabajo productivo y te da la sensación de estar avanzando. Pero si nadie llega a tu web, no estás avanzando. Estás escondiéndote en lo que se te da bien para no hacer lo que se te da mal.
Tardé bastante en ponerle nombre a eso. Ahora ya se lo pongo. Miedo. Miedo de que esto llegara a ninguna parte.
Los pivotes que no escondo
Si te cuento que llevo dos años parado con esto, te debo también decir en qué los gasté.
Probé con un SaaS para el sector clínico. Luego con un bot de reservas de citas, lo que internamente llamaba Citabot. Cada idea me parecía la buena durante unas semanas, hasta que la siguiente me parecía mejor.
Citabot lo paré hace poco, y lo paré por una razón concreta: vi que para sacarlo adelante necesitaba fuerza comercial y un soporte continuo que yo solo no podía dar. No era un mal producto. Era un producto que exigía montar una empresa de verdad, con todo lo que eso arrastra. Y resulta que eso es exactamente lo que no quiero. Pero a eso llego en un momento.
No cuento esto para flagelarme. Pivotar no es un crimen, y aprender a parar a tiempo tiene más mérito que insistir por orgullo. Lo cuento porque si voy a escribir en público, lo justo es que empieces conociendo el historial completo, no la versión de LinkedIn.
Por qué ahora sí
¿Qué ha cambiado para que esta vez vaya en serio?
Dos cosas. La primera es que por fin he entendido cuál era mi problema real. Nunca fue el producto: la web convierte de maravilla, alrededor de uno de cada cinco que entran termina pulsando. Mi problema siempre fue la distribución. Tenía algo que convertía de fábula… pero al que casi nadie llega.
La segunda es que he decidido hacerlo de una forma que me obligue a no esconderme: en público y con números reales. Si te enseño cada quincena cuántas visitas, cuántos suscriptores y cuántos euros entran, ya no me puedo refugiar en migrar el stack por enésima vez. Los números me delatan. Es la mejor cura que conozco para mi propia procrastinación.
Para que te hagas una idea del punto de partida, hoy esto es del tamaño de una maceta en el balcón: alrededor de 100 sesiones al mes, unos 137 suscriptores en el canal de WhatsApp y, como te decía al principio, 11 € de ingresos frente a 100 € de servidores. En números rojos, vaya. Ridículo. Pero real, y medido al céntimo. Y es exactamente desde ahí, desde el rojo, desde donde arranca este diario. (Estos números los voy actualizando en cada email de la newsletter, así que tómalos como la foto del día en que escribo esto.)
Por qué indi y no empresa
Y aquí está el porqué del título.
Cuando paré Citabot, lo que vi de verdad no fue que el producto no valiera. Vi que el camino que tenía delante era el de siempre: contratar, dar soporte, levantar dinero, crecer por crecer y acabar gestionando personas en lugar de construir cosas. Hay gente que disfruta con eso. Yo no.
Lo que quiero es otra cosa. Quiero un negocio que pueda llevar yo solo en diez o veinte horas a la semana, sin empleados, sin atención al cliente 24/7, sin inversores a los que rendir cuentas. Un negocio que me dé libertad, no otro jefe disfrazado de empresa propia. Eso es ser indi: independiente, pequeño a propósito, dueño de mi tiempo.
Sí, ya te habrás dado cuenta… Lo escribo sin «e» final, «indi», y no es una errata. Es un guiño murciano, de aquí. Si eres de la tierra lo pillas a la primera; si no, ahora ya sabes que lo digo aposta.
¿Significa esto que me voy a hacer rico? Probablemente no. Y está bien. No persigo el pelotazo ni la portada. Persigo una libertad financiera razonable, construida despacio, sin prisa y sin deber nada a nadie. Esto es un maratón de un par de años, no un sprint.
La tesis: lo que voy a hacer
Resumido en una frase: voy a construir una máquina de afiliación basada en SEO, GEO y en un canal de WhatsApp, en público y con números reales.
El plan tiene tres patas. El SEO/GEO es el embudo que trae a la gente. El canal de WhatsApp es el activo de verdad, donde se queda esa gente y donde se construye la relación. Y la afiliación es cómo se monetiza todo, sin tener que fabricar ni almacenar nada.
Empiezo por los pañales, solo por los pañales, hasta que funcione de verdad. Cuando el modelo esté validado —y solo entonces— lo replicaré a otros nichos. Nada de abrir cinco frentes a la vez: ese es justo el error que llevo dos años cometiendo.
Una última cosa, porque me la vais a preguntar: aquí no hay inteligencia artificial en el producto. El scraper y el bot son código normal, y lo son a propósito. La IA la uso para programar más rápido, para pensar mejor las decisiones y para analizar datos. Pero lo que ve el usuario es ingeniería sencilla que resuelve un problema concreto. La parte difícil nunca fue la tecnología.
A partir de aquí
Esto es el día uno del diario. A partir de ahora voy a ir contando lo que funciona y lo que no, las decisiones que tomo y por qué, y los números tal cual salen, sean ridículos o no.
Si quieres seguir esto de cerca, lo cuento con más detalle y más a menudo en mi newsletter, EstrategIA. Cada dos martes: los números reales de la quincena, una decisión y su porqué, y alguna cosa útil que me haya servido.
¡Te espero!
